DIMENSIONES PROCESUALES Y EVENTUALES EN EL TRABAJO EN PSICODRAMA
Lic. Gustavo Kendelman
Me interesa ubicar dos posibles dimensiones a distinguir en las prácticas del psicodrama. Ambas serían válidas tanto para los Juegos Dramáticos, como para las Dramatizaciones de escenas personales y/o grupales.
Las dimensiones que creo importante distinguir serían las procesuales y las eventuales. Estas instancias remitirían a una posibilidad de pensar un modo de situar los distintos dispositivos dramáticos mencionados en el párrafo anterior.
La dimensión procesual tendría que ver con la inclusión de técnicas dramáticas dentro de un trabajo que implique la posibilidad de algún tipo de continuidad, cierta periodicidad de encuentros que implicarían, entre otras cosas, la posibilidad de una gradual instauración de un vínculo (1). De acuerdo a cada ámbito de trabajo, la red vincular y afectiva que se irá gestando permitirá un gradual despliegue de implementación de lo dramático, incluyendo sus técnicas específicas.
La dimensión eventual sería la otra modalidad de implementación de una perspectiva e intervención psicodramática . Correspondería a esta dimensión las actividades que se realizan en encuentros en los que, por distitnos motivos, no estaría (al menos de antemano) la posibilidad de continuidad témporo‐vincular. Esta dimensión podríamos pensarla en relación a espacios de talleres específicos, congresos, jornadas científicas, institucionales, etc.
Fui acercándome a estas dos posibles dimensiones a partir de mis propias participaciones en congresos y jornadas, tanto como participante dentro del público general, tanto como coordinador/director, junto a diversos momentos de implementación de técnicas dramáticas en tratamientos realizados en situaciones de terapia bipersonal y grupal.
La experiencia más reciente tuvo que ver con la posibilidad de trabajar junto a un paciente ciertas dificultades que éste padecía en su ámbito laboral. Al implementar un recurso bastante simple (al menos técnicamente) y, podría decir, habitual en mi práctica, que implica ir ubicándose en distintos lugares (que pueden ser sillas, almohadones, o simplemente distintos sitios del espacio) que representaban, en esa oportunidad, diversos momentos de la vida del paciente, se produce un significativo desbloqueo de intensidades, que se refleja tanto en el estar corporal del paciente, como en sus manifestaciones y la modalidad de verbalización de éstas: cierta vitalidad es reapropiada en el decir, incluyendo el tono de la voz, ánimo, etc.
Ahora bien, luego de esta sesión, comienzan a producirse otros movimientos por fuera del espacio de sesión, que se tradujeron en momentos de mucha angustia e incertidumbre, donde fue necesario el intercambio de mensajes de textos, alguna conversación telefónica, el adelantamiento de una sesión, etc.
Lo que me interesa resaltar en este momento entonces es que en este caso existió la posibilidad de incluir en encuentros posteriores lo que se fue desplegando a partir del juego psicodramático, y de sostener al paciente en los momentos entresesiones mediante mensajes de texto y la posibilidad de ser contactado en caso de que el paciente lo necesitara. Si bien la situación referida se inscribe en el contexto de la clínica psicológica, considero que ciertos puntos pueden ser totalmente válidos para otros contextos.
¿Cuántas veces vemos el despliegue y dramatización de escenas en las cuales se trabaja con un elevado nivel de intensidad, a sabiendas de que no tendremos la posibilidad de otorgarle a esa persona una otra instancia de elaboración de lo que genuinamente prestó para esa dramatización? Y aclaro que no postulo desterrar la intensidad y la posibilidad de afectación, ya que estaría errando de profesión y de prácticas, pero a lo que adhiero indefectiblemente es a la prudencia (2) toda vez que, ya sea estemos en el consultorio, en la escuela, en una jornada o donde sea, estaremos trabajando con otros… y que más allá de nuestra experiencia, la cantidad de “horas de vuelo” que tengamos coordinando grupos y/o dirigiendo escenas, jamás podremos tener certeza (olvidémonos del control) en relación al destino de nuestras intervenciones. Podríamos pensar quizá en certeridades, siguiendo lo que propone Juan Carlos De Brasi: “(...) hay textos que no quieren tener certeza: la Verdad. Pero sí tienen certeridad, como la flecha que me golpeó acá no tiene certeza pero sí certeridad. Provoca (…) un ramillete increíble de diapasones y resonancias diferentes: un viaje”(3).
La posibilidad de pensar en clave de viaje puede resultar útil para las dimensiones que distingo aquí. No nos prepararemos del mismo modo para pasar una tarde en un parque, un fin de semana largo o unas extensas vacaciones. Del mismo modo, no deberíamos encarar nuestro quehacer sin atender las especificidades de cada situación en la que tengamos oportunidad de trabajar con esta potente modalidad que constituye el psicodrama y sus diversas técnicas.
1 En este contexto, al hacer referencia al concepto de vínculo, incluyo los terapéuticos, los pedagógicos, y los que puedan producirse en los distintos espacios en los que se trabaje con recursos dramáticos. Las prácticas del Psicodrama pueden incluirse en diferentes contextos, teniendo siempre en cuenta las distintas incumbencias profesionales, que ameritarían agregar una dimensión que no es menor para nuestra disciplina, que sería la dimensión ética de las prácticas del psicodrama…
2 “Y, es que, una vez más, debemos multiplicar la prudencia práctica...” plantean Deleuze y Guattari (Mil Mesetas, pág. 192, ed. Pre‐Textos, Valencia, 2002)
3 En Pavlovsky, E. “Psicodrama y literatura”, Búsqueda de Ayllu, Entre Ríos, 1998.
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